Revista Moda y Tendencias
15/09/2026 07:30
Restaurante Los Gabrieles

Los Gabrieles reinventa el tapeo castizo con producto, tradición y una mirada contemporánea

Los Gabrieles, un auténtico museo del Madrid castizo, entre azulejos centenarios, historia y una propuesta gastronómica de altura.

Madrid lleva una temporada entregada a los restaurantes de diseño, las cartas que parecen un libro y las fusiones imposibles. Por eso encontrar un sitio como Los Gabrieles es casi un planazo en sí mismo: aquí no hace falta inventarse nada raro. Hay producto, hay oficio y, sobre todo, hay ganas de comer, beber y alargar la sobremesa.

Porque Los Gabrieles tiene más de un siglo de historia. Por sus mesas pasaron artistas, escritores, toreros y personajes de todo Madrid. Y luego están sus azulejos andaluces, auténticas piezas de museo que convierten el local en uno de esos rincones que merece la pena conocer aunque solo sea por verlo.

Pero la historia está muy bien. Lo que engancha de verdad es lo que pasa ahora.

La barra vuelve a ser el corazón de la casa. Ese sitio donde entras para tomar una caña y acabas diciendo aquello de «venga, una más». La carta está pensada para compartir, picar sin protocolo y descubrir bocados que van directos al grano.

La cosa empieza con una Gilda con atún rojo, piparra, tomate seco y aceituna. Después, unas gambas blancas de Huelva a la plancha que hablan por sí solas y unas anchoas 00 de Santoña sobre pan crujiente con mantequilla ahumada. 

Producto bueno, bien tratado y sin necesidad de disfrazarlo.

Y aquí llega lo divertido. Porque Los Gabrieles respeta los clásicos, pero también sabe jugar.

El Minutejo es buena prueba de ello: pan de cristal, oreja guisada y crujiente y salsa brava. Un pequeño escándalo gastronómico en formato bocadillo. Potente, crujiente y meloso a partes iguales.

Y claro, en una taberna madrileña no podía faltar el bocatín de calamares. Ni el pepito de buey madurado, de esos que hacen que la conversación se pare durante unos segundos.

Después llegan los imprescindibles: ensaladilla rusa, tortilla de patata, bravas y croquetas de jamón ibérico 100 % de bellota. Las croquetas merecen su momento: cremosas, intensas y con una fritura impecable. De las que se piden «para compartir» y misteriosamente desaparecen antes de que puedas probar la segunda.

Entre los platos principales, el pulpo de roca a la brasa con trinchat de berza, inspirado en el cocido madrileño, resume bastante bien la filosofía de la casa: raíces madrileñas, buen producto y un punto de creatividad.

Para terminar, hay que dejar hueco para el flan de queso de cabra madrileño, servido con una textura entre flan y tarta de queso. Y si aparece una copa de Pedro Ximénez por el camino, mejor no ponerle límites a la sobremesa.

Tapeo castizo, producto de primera y ese punto canalla que hace que siempre apetezca pedir algo más.

Pero Los Gabrieles no se entiende solo desde el plato.

La barra vuelve a mandar y la bodega, diseñada por la sumiller Rebeca Bellido, reúne más de 300 referencias. Hay protagonismo para los vinos de Jerez, pero también una selección nacional e internacional para quienes vienen con ganas de descubrir.

Tradición, barra y noches madrileñas

Un vermú al mediodía. Un fino con el aperitivo. Un vino que no conocías. Una caña que se convierte en otra. Aquí el plan no está demasiado definido. Y precisamente ahí está la gracia.

Y cuando cae la tarde, aparece la música. Flamenco, jazz y actuaciones en directo ponen banda sonora a un local que vuelve a sentirse como lo que siempre fue: una taberna viva, con movimiento y personalidad.

Los Gabrieles no necesita parecer el restaurante más moderno de Madrid. Tiene algo bastante más difícil de conseguir: identidad.

Es historia, pero no vive del pasado. Es castizo, pero sin clichés. Es una barra, una bodega, una cocina y un lugar donde siempre parece que alguien está a punto de pedir otra ronda.

Porque al final, en Madrid, los mejores planes suelen empezar así: «Vamos a tomar algo».

Y ya sabemos cómo termina eso.

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